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martes, 3 de agosto de 2010

El debate como espectáculo

Cuando vemos un debate en la televisión, tenemos la incómoda sensación de estar asistiendo a algo así como una pelea de gallos. Dos o más personas se miran con ferocidad, conscientes de la lucha, ignorantes de que el contrario es también un ser de su misma especie, listas para revolotear y clavar sus espolones hasta que un chorro de sangre certifique la muerte del rival. Si hay público presente, se cruzan las apuestas, se contiene la respiración, se huele el miedo, se palpa la violencia...

¿De verdad es esto un debate? Pulsemos la tecla de retroceso y volvamos al principio.

¿Para qué sirve un debate? Si has respondido que para ganarlo o para derrotar al contrario, te recomiendo encarecidamente que estudies Filosofía o su hermana bastarda, Educación para la Ciudadanía. La victoria no es el objetivo, sino la consecuencia. Nunca me canso de repetir que la palabra persuasiva es una herramienta de construcción social, y que usarla para doblegar la voluntad ajena es un tipo de comunicación tan alejado de su finalidad que sólo se me ocurre llamarlo comunicación prevaricadora.

En un debate, las personas que intervienen deben recordar que hay que buscar un modelo de interpretación que le guste a quien asiste. Si hay que hablar del pasado, las explicaciones deben darnos la razón al proyectar el relato de los hechos hacia nuestra experiencia; si hay que hablar del futuro, es menester presentarlo como algo en sí mismo apetecible.

Ese "en sí mismo" que acabo de formular es una de las claves del asunto: aceptar los hechos con independencia de la persona que manda es una regla de oro de la democracia, en griego, gobierno del pueblo. Personalmente, no me satisface que los debates se centren en los dirigentes porque casi no hay distancia de los líderes providenciales a los caudillos autoritarios, despóticos, totalidarios, fascistas. Ya hemos visto casos así en Europa, y algunos siguen ocupando su sillón.

Si quien gobierna representa al pueblo, su voz no es la que le da instrucciones, sino la que le da forma a la voz del pueblo. Utilizar la palabra para arrastrar las voluntades privándolas de su derecho a decidir otra cosa que quién las debe dirigir no es democracia, sino demagogia, que en griego se refiere a llevar al pueblo tirando de su ronzal. Los debates entre candidatos siempre tienen el mismo mensaje: confía en mí. Y siempre el mismo corolario: o, al menos, fíate de mí más que del otro.

El debate concebido para ganar es un acto de fe en la visión de una persona; el debate concebido para exponer un plan de futuro es una reafirmación de los valores colectivos. Para buscar la victoria, se emplea una serie de técnicas de disrupción y de destrucción; para exponer un plan, las técnicas válidas son las de la argumentación. Quizá sea un fallo en nuestra programación neurolingüística, o en nuestros marcos cognitivos, o en nuestra educación, pero el hecho es que tendemos a desconfiar de quien sólo destruye; huímos de quien nos hace sentir una minoría de uno; no creemos una palabra de quienes siempre andan a la gresca; propendemos a darle la razón al último que habla.

Si son ciertas esas tendencias, podemos entender otra parte de la cuestión. Sólo hay que fijarse en los debates para ver que los intervinientes tienen una serie muy clara de objetivos. El primero de todos, no dejar que el otro hable. ¿Por qué? Porque la constante interrupción impide el desarrollo de una línea de pensamiento coherente y, en consecuencia, inhabilita la construcción de una imagen positiva.

Suelen recomendarse unas técnicas bastante sencillas para conseguirlo. Se basan en el principio fundamental del bloqueo de la comunicación con ruido de fondo o con interferencias destinadas a deteriorar la imagen de la persona que habla, bien sea impidiéndole tomar el hilo, haciéndole perder los nervios, llevándolo a pedir ayuda al moderador o haciéndole cambiar de tema. En cualquier caso, es su imagen la que se deteriora y su mensaje el que se extravía. Veamos algunas:
  1. Interrumpir al contrario si su argumentación va bien encaminada.
  2. Asaetear al contrario con preguntas que no guarden relación entre sí y provocar respuestas confusas.
  3. Forzarlo a responder preguntas relacionadas con la posición del que pregunta, no con la propia, lo que vuelve a tener el efecto de producir respuestas confusas.
  4. Tirarse el farol y proclamar que a uno le dan la razón incluso cuando se acaba de demostrar que no la tiene, con lo que se invalidan los razonamientos anteriores, ya que fuerza a la audiencia a volver a procesar la información que ha quedado en su memoria, o a aceptar la verdad de ese farol, o a dudar de su propia capacidad intelectual.
Como la finalidad es impedir que el otro tenga su oportunidad, y dado que ambas partes conocen las técnicas, la mayor parte del debate se convierte en un guirigay que sólo destruye argumentaciones y subvierte el principio democrático del respeto a la opinión ajena. La imposibilidad de proyectar un sistema de valores estable genera un espectáculo de gladiadores: puede resultar divertido, pero no es fácil darle nuestra confianza a quien sólo destruye cosas.

En los momentos en los que el moderador impone la calma, los contendientes tienen la oportunidad de transmitir su propio mensaje. Se supone que deberían recurrir a alguna de estas técnicas, aunque no son las únicas:
  1. Apelar a valores supremos, esto es, a aquellos que no se pueden negar so pena de convertirse en marginal para el sistema de valores comunes de una sociedad, y cuya invocación suele conferirle un extra de credibilidad a quien primero los trae a colación.
  2. Hacer concesiones estratégicas o, dicho de otra manera, darle la razón al otro en algún elemento que no sea especialmente comprometido y que revele que, o bien era lo que habíamos señalado, o bien era tan evidente que no hacía falta ni mencionarlo.
  3. Evitar el cuerpo a cuerpo y las cuestiones personales, ya que rompen el debate, espantan al auditorio y pueden incluso poner al auditorio a favor del atacado. Esto se extiende también a la declaración de los errores del contrario, que no deberían considerarse frutos de la mentira o de la ignorancia, sino lógicos en un punto de vista que no se comparte.
  4. Actuar con calma y recordar que el primero que pierde los nervios pierde la discusión.
  5. Actuar con asertividad, no con agresividad, transmitiendo imagen de seguridad, no de enfado.
  6. Expresarse con claridad y concisión o, en términos pragmáticos, no decir más de lo necesario ni menos de lo imprescindible, ya que muchas palabras terminan ahogando las ideas.
  7. Distinguir el auténtico tema de debate y señalarlo con exactitud.
En el mundo real, lo frecuente es, en cambio, encontrarnos con las del primer grupo, lo que provoca un nuevo momento de disrupción y enfrentamiento. Al final, todo se reduce a intentar "colocar" dos o tres mensajes muy cortos, ráfagas de información autosuficientes que buscan proyectar confianza en quien habla y desconfianza del otro.

Así, luego se mide quién ha ganado en función de quién se ha mantenido por encima o quién le ha dado al otro los golpes más espectaculares. Las valoraciones tras los debates suelen ser esperables y, de hecho, es evidente que se acuñan antes de ellos y se emiten con independencia de lo que se haya visto. Nuevamente, funciona el principio de que tendemos a creer lo último que nos llega, sobre todo si proviene de una fuente de confianza. Son las valoraciones del tipo: X ha ganado con rotundidad,se nota que el proyecto de X está agotado

Es todo un espectáculo regido por una idea equivocada del márketing: se quiere obligar a consumir un paquete ideológico light, no exponer unas ideas para incitar a la reflexión. El marco cognitivo que se quiere activar es el del gregarismo (unirse a la mayoría, apartarse de la minoría) unido al de la seguridad (la confianza de la marca presupone estabilidad de esa marca y sus valores anejos hacia el futuro). Lo malo es que, o se nota demasiado la manipulación y el auditorio se retrae, o se nota que algo no cuadra y el auditorio se retrae.

No hay, pues, una utilidad real en los debates más allá de la posibilidad de demoler las expectativas de la parte contraria. El auditorio objetivo es el de quien no tiene su voto aún decidido. Las condiciones en las que se produce se sintetizan perfectamente en una frase que oí hace bien poco:
Si las posiciones están empatadas, hay debate; si uno de los partidos lleva mucha ventaja, no le interesa arriesgarse a un debate.
Al partido le aportará beneficios, o no. Ahora bien, estamos en una democracia (o no) y los ciudadanos tenemos derecho a formarnos nuestras propias opiniones (o tal vez no). Aunque a los directores de campaña les moleste creer en la libertad de criterio de los ciudadanos y prefieran tratarnos a todos como consumidores. Perdón, como votantes.

sábado, 6 de marzo de 2010

¿Una socialdemocracia neoliberal?

El otro día, asistí a una conferencia sobre qué ha provocado la crisis actual y cómo salir de ella. El orador no era bueno, pero sí muy eficaz. Explicaré a qué me refiero: empezó declarándose socialdemócrata y confesando pequeños pecados de juventud de una generación que creció creyendo en la revolución y experimentando con las drogas. Ya la fusión de estos tres elementos en la misma parte del discurso nos tiene que resultar reveladora: un rasgo negativo, unido a dos positivos sólo para una parte del auditorio, permite que el público se vea reflejado con independencia de la opinión política de cada cual. Un buen ejemplo del manejo de la empatía: el socialista verá su ideario; el conservador, que la revolución no es una propuesta viable; todos, la detrectación de la droga y sus malas consecuencias.
Conseguido el primer objetivo (ganarse el derecho a seguir hablando y un margen de confianza para que sus propuestas puedan ser evaluadas sin "interferencias" ideológicas), entra en funcionamiento una segunda estrategia de comunicación: adoptar un tono técnico y pragmático. No es un recurso neutral, ninguno lo es cuando de Retórica hablamos: tras enviar un par de empatizadores al auditorio para ganarse su confianza, la refuerza situando el discurso fuera del ámbito político. La maniobra es evidente y, aun así, rinde buenos frutos: primero, tranquilizo a los socialistas (soy uno de ellos); luego, a los conservadores (presido las Cámaras de Comercio); finalmente, a los oyentes cuando les dijo que sus palabras no iban a ser políticas, sino lógicas, ya que se iba a centrar en ver cómo el Mercado, si se le deja autonomía, nos sacará de la crisis.
Cada cual se llevó su propia golosina y, tras desgranar algunos de los errores que nos han llevado ante el abismo, ofreció análisis y recetas. Eficaz, muy eficaz. Sobre todo, si se tiene en cuenta que, para él, el Gobierno hizo un mal diagnóstico de situación y, ahora, la incapacidad de los partidos políticos para llegar a acuerdos tiene empantanado el problema. En otras palabras, podemos decir que la economía se resiente de la intervención política y se propone que la actuación del Gobierno, de cualquier Gobierno, vaya encaminada a dejar que las empresas, libres al fin de trabas como la cotización a la Seguridad Social (el I.V.A. debería ocuparse de mantenerla), produzcan riqueza y, así, contribuyan a aumentar el bienestar de toda la sociedad.
Expresado con el tono de quien dice algo puramente lógico, todo el mundo cae embelesado: los de izquierdas, porque uno de los suyos ha verbalizado ese difuso malestar que día a día se va adueñando de ellos y los va dejando sin argumentos; los de derechas, porque se ha puesto en juego el gran mito del moderno neoliberalismo, ese de que más Mercado es mejor vida; la mayor parte del público, porque buena parte de las culpas se le achacan a una entidad inmaterial y difusa que, al no tener un rostro reconocible, recibe toda la reprimenda social: la clase política.
Van cumpliéndose los objetivos con precisión mecánica: la crisis no fue cosa de los empresarios, sino de una burbuja fomentada por decisiones del Gobierno a la que no se le puede encontrar una solución factible porque los políticos son incapaces de superar su egolatría y buscar una salida consensuada. Como la crisis es real, pero sus responsables son difusos y los representantes del Estado de Derecho han hecho dejación de sus funciones, la única vía razonable es crear las condiciones para que aumente la riqueza; para conseguir que todo el mundo trabaje más; para lograr que las empresas coticen menos; para decidir que los sistemas de protección social no estén sostenidos por los trabajadores, sino por los impuestos sobre el consumo, que afectan a todo el mundo; para llegar a una redistribución automática e inevitable.
La cosa está clara: menos Estado y más Mercado nos hacen encontrar el vado. ¿Cómo va nadie a poner esto en duda si lo dice un socialista que preside las Cámaras de Comercio? Tiene que ser puramente lógico, e indiscutible, al margen de la ideología y la política, aunque sea un discurso profundamente enraizado en la tradición neoliberal europea. Nos transmitió un mensaje de clara orientación ideológica, vestido con los tules y vaporosas gasas de una evanescente socialdemocracia, preñado de desconfianza hacia la capacidad de nuestro actual sistema político, henchido de adoración del paraíso de la libertad individual por encima de la regulación política. Y todos aplaudimos. El orador no era bueno, pero sí muy eficaz.

Pobreza de ejemplos, argumentaciones banales

Andan en el Parlamento de Cataluña discutiendo si prohibir las corridas de toros, y no parece que vayan a encontrar otra solución al tema que dejarlo o ejercer el juego de las mayorías que ya había antes de empezar la discusión. Tal como están las cosas, no van a conseguirse cambios de postura ni nuevas adhesiones. Es uno de esos debates en los que las posturas son tan definidas que nadie va a cambiar la propia, y nos indecisos van a encontrar elementos del mismo peso en uno y otro lados.


La situación aquí descrita es bastante sencilla de entender si la contemplamos a la luz de la teoría retórica de los grados de credibilidad y desde la atalaya de las finalidades del discurso. Empezando por la segunda parte, digamos que se puede abrir la boca para pedir a quien nos atiende que opine sobre algo relativo al pasado, o bien pedirle que decida hacer o dejar de hacer algo. En el primer caso, deberá emitir un veredicto; en el segundo, deberá adoptar un curso de actuación. Pero cabe una tercera posibilidad: que se hable y se discuta para afianzar los lazos de grupo, sea que existe un objetivo común deseable, sea que se percibe un enemigo o amenaza comunes.


Una discusión que se plantea en términos morales, esto es, la que enfrenta los sistemas de valores y creencias de dos colectividades, puede encontrarse con una evaluación del pasado o llegar a una decisión hacia el futuro, aun cuando estos efectos son accesorios, incluso accidentales. La discusión moral, salvo que haya una instancia coercitiva externa, nunca llega a un consenso porque se parte de la base de que valores y creencias no son negociables (a eso se le llama genus dubium). Desde un punto de vista técnico, cada uno de los grupos en conflicto considera que la credibilidad de la otra parte es mínima, ya que su postura es insostenible e inmoral. En la teoría retórica, a este planteamiento se le llama genus turpe (tipo vergonzoso), y no tiene salida. Al fin y al cabo, el único punto en el que las dos partes concuerdan es el convencimiento del error o inmoralidad de la otra. Se alcanza, así, una situación de equilibrio que consolida la unión de cada grupo y agranda la distancia entre ambos. Suele ocurrir que, cuanto más clara la amenaza, más fuerte la posición de defensa, y menor la credibilidad del contrario.

En este tipo de procesos, a falta de argumentos desequilibrantes, pronto aparecen las ideas extremadas y radicales, las que, en ausencia de razones mejores, se mueven con enunciados absurdos o reducibles al absurdo. Esto explica la ocurrencia del filósofo Jesús Mosterín con su comparación de los toros y el maltrato como tradiciones, cuando habría sido más práctico enunciar que la perpetuación de una costumbre no la convierte en moralmente aceptable sólo porque perdure en el tiempo. El ejemplo, al ser absurdo, acaba provocando la descalificación de quien lo enuncia.

Poco después, la Presidenta de la Comunidad de Madrid decide que conviene declarar bien de interés cultural a las corridas de toros. Desde un punto de vista político, abrió la puerta a que se le contestara que Cataluña usa el Parlamento y Madrid el Boletín; desde el punto de vista retórico, acaba convirtiendo el “toros sí, toros no” en un “fiesta nacional sí, fiesta nacional no” y, consecuencia esperable, torciendo la discusión hacia un “España sí, España no” que politiza aún más el debate.

Que tal es el objetivo, o que así lo parece, vistas las consecuencias, se nota en la calidad lógica del razonamiento de Esperanza Aguirre: la tauromaquia es cultura y, de ahí, bien cultural porque aparece en las obras de Goya o Picasso. Otra vez, el ejemplo mal puesto lleva al absurdo. Goya pintó fusilamientos y duelos a garrotazos; Picasso, bombardeos de ciudades y burdeles. ¿Eso obliga a declarar que tales actos necesitan una declaración de interés cultural?

Lo absurdo de la justificación habla de que la decisión de la Presidenta no obedece a un razonamiento ponderado de la cuestión taurina, sino a un afán de ganar audiencia al precio que sea. El problema es que cambia el tercio en la discusión con lo que sólo se puede considerar un brindis al sol. Al Tendido de Sol, para ser más precisos.

jueves, 10 de diciembre de 2009

El peligro de las imágenes

Esta mañana, oí al Presidente del Gobierno decir algo así como:
El tren del crecimiento está muy próximo, y si hacemos lo que debemos, si aplicamos con rigor todas las reformas en marcha, este tren aumentará su velocidad hasta adquirir la necesaria para recuperar la creación de empleo.
Claro, uno se enfrenta a este fragmento y no le da mayor importancia. Al fin y al cabo, sólo se trata de una imagen que todos conocemos: el tren, la velocidad, la ruta prefijada de la que no te puedes apartar, el maquinista... En principio, todos los elementos que van resonando en nuestra consciencia son positivos y transmiten, como grupo, sensaciones de seguridad. 
En principio.
La intención comunicativa está clara: el crecimiento es un tren (¿un AVE, quizá?) que va despacito ahora mismo y que, si se hace lo correcto, volverá a volar sobre las vías camino de un destino inaplazable.
La realidad comunicativa, no obstante, es otra: el tren del crecimiento, si está próximo, es un elemento ajeno a nosotros que acelerará con independencia de nosotros. ¿Exageración e interpretación sesgada? No lo creo. Observemos que, al utilizar la imagen ferroviaria unida al concepto del crecimiento económico, el orador se sitúa distanciado, más como espectador que como responsable ("está muy próximo"); de esta manera, los actos del responsable ("si hacemos lo que debemos, si aplicamos con rigor todas las reformas en marcha") conseguirán que el crecimiento aumente su velocidad y, en consecuencia, se pueda volver a crear empleo.
El problema de verlo así es que el orador, que es quien tiene que pilotar las reformas, no se sitúa en la máquina del tren, sino fuera de ella, de tal modo que sus actuaciones impulsan, pero no dirigen, y el propio tren tiene una vida independiente de la voluntad del orador, quizá porque en ningún momento se hace mención al maquinista. Por demás, incluso se introduce una extraña matización mediante el uso del dícolon condicional ("si hacemos..., si aplicamos..."). ¿A qué viene esta cautela? ¿Por qué este distanciamiento? ¿Cómo que si hacemos lo que debemos? No está hablando un experto externo, sino quien tiene que tomar las decisiones, conque no es posible que quien decide se aleje tanto de su responsabilidad que llegue a poner en duda incluso que vaya a hacer lo que dice que está haciendo.
El contraste entre la intención y la realidad comunicativa produce una sensación extraña, un "aquí hay algo raro y no me preguntes qué". A eso se le llama, en términos más técnicos, disonancia cognitiva. Es disonante, sí, que el responsable del Gobierno se sitúe con su uso de la imagen ferroviaria al margen de la acción, porque con ello establece una diferencia excesiva entre la economía y el propio Gobierno, entre la realidad y la voluntad de los actos.
No es la única disonancia del fragmento en cuestión. En el contexto del discurso, se esperaba algún anuncio de medidas nuevas, pero esta imagen transmite un mensaje muy claro: para que la economía se recupere, hay que aplicar con rigor lo que ya se ha decidido, luego cualquier otra medida será, o bien innecesaria, o bien inútil. Ahora bien, si eso es así, nos encontramos con que se defrauda la esperanza de algún anuncio nuevo, lo que enturbia la fama del Presidente de tener siempre un último recurso a mano para exhibir cuando pintan bastos. Desde el punto de vista de la interpretación de la imagen, el Presidente no se nos presenta como el líder, el que dirige y encabeza el tren, sino como una especie de espectador cualificado que aplica medidas a distancia, no como un maquinista, sino como quien pone en marcha aquellas maquetas de Ibertrén con las que jugábamos de pequeños.
Para la Retórica, el mecanismo de la semejanza es uno de los recursos artificiales (etimológicamente, construidos gracias al dominio de la técnica) de los que nos valemos para fundamentar la tesis central de una argumentación. La semejanza cuenta con cuatro figuras fundamentales, dos que son probatorias (el ejemplo y la semejanza) y dos que son ornamentales (el símil y la comparación). Las dos primeras toman su valor de la capacidad que tienen de poner en relación lo que decimos con un hecho concreto al que se le atribuyen protagonistas específicos (el caso del ejemplo) o no se le atribuyen (el caso de la semejanza); las otras dos se basan en poner en contacto dos elementos iguales (el caso del símil) o desiguales (el caso de la comparación). En su conjunto, la validez probatoria de esta forma de argumentar no busca la demostración inapelable, sino la creación de un vínculo psicológico entre lo que defendemos y lo que nuestro auditorio conoce, un vínculo que nos permite proponer la aceptación de algo nuevo porque se parece o relaciona de alguna manera con algo que el receptor del discurso ya conoce.
Para poder desarrollar con eficacia esta técnica de argumentación, suele ser muy recomendable recurrir a la creación de imágenes, de elementos cuya evocación trae a nuestra mente recuerdos, sensaciones, percepciones, experiencias... elementos que apoyan la sensación que queremos transmitir y que le dan potencia a nuestra expresión gracias a que enuncian conceptos que forman parte del acervo común de la cultura del emisor y el receptor.
Cuando se dice que "una imagen vale más que mil palabras", no se está haciendo referencia sólo a los medios audiovisuales, sino al potencial de evocación de una sucesión de enunciados que nos hacen, repentinamente, vincular un turrón determinado con la Navidad; o la expectación de los regalos de Navidad con la Lotería Nacional; o el placer de los espacios abiertos con el habitáculo de un coche... 
La imagen, si está bien construida, supera en eficacia a la mera demostración racional, ya que produce entre el orador y el auditorio una conexión emocional que predispone a confiar e, inmediatamente, a creer. Si está mal construida, la imagen puede tener efectos devastadores sobre nuestra percepción del orador, al que contemplamos como si tuviéramos los ojos empañados o como si una repentina ola de calor se interpusiera entre él y nosotros y, por un extraño efecto óptico, lo viéramos desdibujado y tembloroso. Cuando no percibimos bien al orador, la imagen mal diseñada nos lleva a desconfiar y, en consecuencia, a no creer.
La moraleja de esta historia es que, cuando decidimos utilizar una imagen, debemos construirla de manera coherente, no yuxtaponiendo elementos que suenan bien, sino uniendo elementos que ayudan a proyectar una sensación poderosa en nuestros espíritus. En este caso, el Presidente no ha actuado como un orador competente, sino que se ha dejado llevar por un estilo más propio de asesor que de gobernante: la utilización incorrecta de la imagen ferroviaria genera más incertidumbre que confianza, y no está ahora mismo este horno para esos bollos.
Particularmente, hubiera preferido encontrarme con ese enunciado, pero expresado más o menos así:
El tren del crecimiento está muy próximo en marcha, y si llevamos bien la máquina, si hacemos lo que debemos, si aplicamos con rigor todas las reformas en marcha, este tren aumentará su velocidad hasta adquirir la necesaria para recuperar la creación de empleo.
Son sólo un par de cambios, pero me habrían bastado para pensar que mi Presidente, en vez de mirar el Ibertrén, lo pilota.


Leer más: Informe económico del Presidente del Gobierno (PDF)
Ver más: Discurso del Presidente (I) - Discurso del Presidente (II)

domingo, 13 de septiembre de 2009

De argumentos y argumentaciones

En el proceso de construcción de una cadena argumentativa, el orador va siguiendo una serie de pasos bien tasados que le ayudan a diseñar sus herramientas.
piramide_argumentacionYa antes hemos visto el proceso de construcción, pero viene bien recordar nuestra pirámide de la inventio, con los loci en la base y las argumentationes en todo lo alto.
Recordemos que los loci son preguntas que uno se hace. Las respuestas que obtiene son argumenta. Las cadenas que forma con los argumenta, los razonamientos que exhibe, se llaman argumentationes.
Los lugares son de muchos tipos, y se pueden estudiar de muchas maneras, aunque el esquema que nos resulta más familiar es el de las famosas wh- questions, cuya aplicación se presupone en los periodistas, aunque algunas veces parece que se les olvida por las prisas en redactar las noticias.
En cuanto a los argumentos, también hay muchos tipos de clasificación. Me llamó mucho la atención la pirámide que colocaba un astrofísico en su blog, y así lo comenté hace unos días.
Hay, no obstante, mejores clasificaciones y maneras más científicas de proponer la organización de los argumentos. La idea que quiero aquí transmitir es que, habiendo como hay un corpus finito de preguntas (loci, lugares comunes), también puede haber un corpus finito de esquemas de composición (argumenta, argumentos) que se pueden estudiar por sí mismos o por su naturaleza.
Así, podemos intentar estudiar los argumentos según que su naturaleza interna tienda a la demostración o a la prueba. El matiz es sutil, pero existe: los argumentos de demostración buscan crear cadenas de secuencia lógica que permiten formular un pensamiento completo desde su origen hasta sus consecuencias; los de prueba, buscan remitirse a fuentes externas cuya invocación bastaría para dar por válido un razonamiento.
Tipos de argumentos - tipos de argumentos
Otra manera de estudiar y clasificar los argumentos es la que nos permite dividirlos en apriorísticos, artísticos y racionales. Son apriorísticos los que invocan elementos externos que se dan por demostrados (como los que antes llamamos de prueba); son artísticos los que se basan en elementos no necesariamente lógicos y obtienen su mayor eficacia del brillo que le imprimen al discurso; son racionales los que tienden a construir una demostración basándose en las relaciones internas de los elementos, no en el recurso a autoridades ajenas al propio razonamiento. Me centraré en explicar el primer caso, que puede parecer el menos frecuente en nuestra experiencia y que es, sin embargo, el que más vemos aparecer en ella.
Dentro de los argumentos apriorísticos, señalamos la definición (no se tiende a ponerla en tela de juicio), los de valores (no se tiende a discutirlos), los de datos y hechos (se dan por supuestos), y los de respeto y autoridad. A poco que lo pensemos, todos ellos vendrían a ser sub-casos del argumentum auctoritatis o argumento magister dixit.
¿Quién dice que no se le ocurren ideas para desarrollar un pensamiento, sea por escrito o de forma oral? ¿De verdad no se te ocurren o es que nadie te ha enseñado a buscarlas?
La Retórica tiene estas cosas: nadie le hace caso hasta que descubre que le resulta imprescindible. Seguiremos dando pistas de uso.

Hace falta más debate

Dice el Diccionario de la Real Academia que un debate es:
m. controversia (discusión).
m. Contienda, lucha, combate.

Como no aclara mucho las cosas esta definición, vamos a la entrada de la controversia y leemos:
f. Discusión de opiniones contrapuestas entre dos o más personas.

Sin embargo, esto no nos aclara tampoco la cuestión, conque recurrimos a la Wikipedia para encontrar algo más preciso:

Es una técnica de comunicación oral donde se expone un tema y una problemática. Hay integrantes, un moderador, un secretario y un público que participa. No se aportan soluciones solo se exponen argumentos.

La condición de un debate se da en el distinto punto de vista que guardan dos o más posiciones antagónicas en torno a un tema o problema. Es un texto argumentativo en el que se entrelazan los argumentos que sostienen la tesis en conflicto.

Los argumentos se deben ir construyendo en estrecha relación conforme el oponente, así que el debate se trata de una argumentación de gran dificultad y rapidez mental.


Vamos avanzando ya. Estamos ante una práctica establecida, con unas normas de juego en las que se busca que los contendientes expongan puntos de vista sobre una cuestión con vistas a proclamarse vencedores. Es una competición, pues, que puede desarrollarse en la vida real o como ejercicio preparatorio para ella.


En los países anglosajones, es una práctica ya tradicional, tanto para la Enseñanza Secundaria como para la Universidad: participan personas que tienen el legítimo deseo de ganar, pero se lanza con el legítimo deseo de mejorar las aptitudes para la vida social.


Muchas veces, y sobre todo cuando estamos en una campaña electoral, nos plantean debates entre candidatos. La impresión suele oscilar entre pésima y nefasta: vemos adultos quitándose la palabra, con gesto enfurruñado, hablando de países distintos, tomándose a sí mismos con tanta importancia que dan risa. Eso no es un debate. Quizá sea un rifirrafe, o un gallinero en su séptima acepción, o un pandemónium en su segunda acepción, pero no un debate.


En nuestra sociedad, es cada vez más urgente que el sistema educativo transmita una serie de aptitudes, destrezas y habilidades, entre las que la discusión racional cobra enorme fuerza. No estamos para convertir la política en un toma y daca espectacular y demagógico en el que las adhesiones se generen, no por quién tenga razón, sino por quién consiga acallar al otro.


Las técnicas de debate son necesarias porque, antes o después, vamos a encontrarnos en la tesitura de tener que demostrar nuestros puntos de vista y desmontar los de otra persona. Y todo eso, sin perder la norma básica de la convivencia, que podríamos resumir en un: rivales, si; enemigos, no.


En España, ha habido algún que otro intento de crear una Liga Nacional de Debate Universitario, pero todo se redujo a la iniciativa de una empresa privada y a un proyecto que duró escasamente tres años, según colegimos de la antigüedad de las noticias que nos proporciona Google. Si vamos a la dirección web de esa liga, nos encontraremos con un dominio desactivado, lleno de publicidad, muerto.


Pero hay otros lugares en los que esto sigue vivo, y con un éxito creciente. Existen organizaciones internacionales que se dedican al fomento del debate, como la International Debate Education Association - IDEA y sus distintas filiales, entre las que podemos destacar la European Youth Speak o, más cerca de nosotros, iDebate.ñ, filial de iDebate que exhibe bastante actividad en Hispanoamérica.


Prueba de que el debate se concibe como actividad formativa es el especial interés que ponen en el desarrollo de materiales educativos para profesorado y estudiantes tanto iDebate como iDebate.ñ o la European Youth Speak.


¿Debemos introducir los debates en la Secundaria, el Bachillerato y la Universidad porque está de moda en otros países? Ni por asomo. Debemos introducirlo porque forman en valores, porque ayudan a desarrollar las habilidades interpersonales y porque ayudan a desarrollar patrones de análisis y producción de argumentos que vienen bien a cualquier persona en cualquier momento.


Hace algún tiempo, hicimos una primera propuesta de liga de debate en el wiki del Grupo Logos, de la Universidad de Almería. Ahora, creo que llega el momento de intentar llevarla a la práctica y ver si podemos invertir la tendencia y crear cultura democrática a través de la libre expresión. Necesitaremos participantes, patrocinadores, jueces, espacios... A cambio, tendremos la oportunidad de formar personas y transmitir valores ciudadanos.

A ver si ésta es la buena.

lunes, 24 de agosto de 2009

La pirámide de las discusiones

He encontrado en el blog de un astrofísico teórico un pequeño artículo acerca de cuáles son los modos de argumentación más útiles (cuanto más arriba) y menos útiles (cuanto más abajo) en una discusión. El autor dice haber encontrado el diagrama, pero no identifica la procedencia, conque entiendo que puedo hacer uso de él salvo indicación en contra.

Hay gente que no llega a dominar correctamente la lengua inglesa, o que puede perderse los matices de interpretación de algunos términos, conque, por si las moscas, traduzco cada uno de los elementos para que se entiendan mejor:

  1. Refutación del punto central - Refuta explícitamente el punto central.
  2. Refutación - Encuentra el error y lo explica; usa citas.
  3. Contra-argumento - Contradice y apoya la contradicción con razonamientos o con pruebas.
  4. Contradicción - Afirma el caso contrario con poco o ningún apoyo de pruebas.
  5. Respuesta al tono - Critica el tono del texto sin atacar la sustancia de la argumentación.
  6. Ad hominem - Ataca las características o autoridad del autor sin dirigirse a la sustancia de la argumentación.
  7. Mote - Suena a algo así como: eres un tonto del culo.

La verdad sea dicha, esta pirámide tiene su interés aunque no se nos diga de dónde sale esta prelación de utilidad de los modos argumentativos. El propio autor da incluso unas pequeñas pautas de uso cuando escribe:

A veces, cuesta descifrar cuál es el punto central de la argumentación de otra persona porque muchos no discuten de manera clara y lógica. Pero, si logras identificarlo, es cuando ganas. Cuando el otro se atasca en la parte baja de la pirámide, no te hundas hasta su nivel; sigue arriba. Los dos niveles más altos son la única forma de llegar a cambiar alguna vez el punto de vista de alguien o de poner de tu parte a otras personas inteligentes.

Ahora, falta que alguien me cuente sus experiencias con esta pirámide y me diga hasta qué punto le sirve. O sea, si alguna vez ha tenido un rifirrafe que puede analizar con este gráfico, o si ha llegado a ganar o perder por no haber visto cómo contestar, o si cree que no tiene aplicación...