viernes, 12 de agosto de 2011

Retórica y política (5): el rechazo de las estrategias de disonancia cognitiva

(Viene de Retórica y política (4): del ciudadano al votante)

La conversión de los activadores cognitivos (llamémoslos así) en activadores factitivos, esto es, en argumentos que por sí mismos pueden provocar la adhesión del auditorio a las tesis del orador, pasa necesariamente por la elaboración de un discurso de género judicial que obliga a deprecar al orador contrario y fuerza la aparición de sentimientos de desprotección, miedo, ira... Cuando al orador le faltan elementos deseables que tengan la capacidad de dar cohesión al grupo, tiene que recurrir a la desestabilización y la percepción de la amenaza para buscar esa unidad. Es un camino de ida y vuelta que se basa en el genus iudiciale para rebajar la credibilidad del orador contrario y, por rechazo, aumentar la propia. Hecho esto, la emisión de señales propias del genus demonstrativum busca aumentar el número de seguidores impulsando activadores como el gregarismo (sentir que se es parte de una mayoría) o la sumisión (transferir la autoridad del código, sean tertulias, artículos de opinión o saberes convencionales, al jefe de filas). Visto así, la propuesta formalmente deliberativa (mejorar) es, en realidad, demostrativa (somos muchos, inspiramos confianza, sabemos hacer las cosas bien). El mecanismo está claro, y se pone en práctica, pero los resultados en el cuerpo social no son los esperados, como nos revelan los índices de valoración de la actuación del Gobierno y la Oposición, o como nos dice la percepción de la clase política en tanto que problema.


El grupo social se ve, en consecuencia, expuesto a mensajes de mutua descalificación, lo que origina una clara disonancia cognitiva desde el momento en el que se contraponen las mismas finalidades y herramientas de persuasión, basadas en testimonios de un mismo nivel de autoridad y puestas al servicio de intereses y grupos enfrentados. La preceptiva retórica nos habla de que, cuando el auditorio se encuentra ante testimonios contrarios del mismo peso, la cuestión que se trata se convierte en res dubia, en una especie de ἀπορία de la que sólo se puede salir consultando la opinión de los expertos. El problema está en que, en el entorno retórico, el auditorio se halla fragmentado entre quienes tienen una opinión claramente formada (para ellos, la quaestio es clara, e inamovible el ἔθος de cada orador) y quienes se encuentran atrapados en esa disonancia cognitiva que los lleva a no saber qué opinar. Los esfuerzos de comunicación siguen un patrón temporal basado en pensar que las disonancias se eliminan cuando el receptor se ve forzado a solucionarlas convenciéndose de que, en realidad, una alternativa es más atrayente que otra, o ninguna lo es, o las dos lo son. De estas tres posibilidades, la economía cognitiva tiende a descartar la primera (requiere más esfuerzo en términos de procesamiento), que es justo aquello que necesita el orador político para conseguir sus fines. En la secuencia de crear la desazón, fomentar la incertidumbre y ofrecerse como solución, la persona que recibe el mensaje no siempre va a llegar hasta el final del camino, conque terminará optando por una cuarta manera de eliminar la disonancia: cerrar el canal de comunicación y abstraerse de esos mensajes y de quien los emite.

Ahora bien, nuestro sistema social gregario nos haría entrar en una nueva disonancia cognitiva si a la vez aceptamos la necesidad del sistema político democrático (negarla sería situarse con la minoría, una decisión que no es fácil de tomar) y la perentoriedad de negarse a prestar atención a los mensajes que de él proceden. La solución consiste en ir generalizando una diferenciación grupal que excluye a los oradores políticos en su conjunto (“son todos iguales”) y los caracteriza como amenaza para la ciudadanía.

Mañana, más.

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