lunes, 10 de julio de 2006

El fútbol y la oratoria nacionalista

Gracias a Zidane el Viejo, podemos volver a vivir tranquilos. Cuando les dábamos soberanas palizas a ucranianos, saudíes y otros grandísimos equipos, parecía que volvía el águila imperial con el yugo y las flechas entre sus garras. La invicta Armada era la viva imagen de esa España una, grande y libre que tragamos como pavos.

Ya en su momento, el desembarco de Perejil nos redimió de décadas de ignominia separatista y nos trajo redivivo al Duque de Alba dejando en pelotas el desembarco de Normandía. Habíamos derrotado a veinte aduaneros y pasado por el trillo al moro infiel. Loor y gloria a los valientes Tercios de Flandes.

Ahora, los futbolistas eran ESPAÑA, crisol de razas, reserva deportiva de Occidente. Y cada gol era un gancho al hígado de Carod, Ibarreche y Zapatero. Pero el gabacho importado de Argelia nos volvió a dejar con un palmo de narices.

Loor y gloria a la furia roja del aragonés. Perdieron, como siempre, porque fueron sus naves a luchar contra los hombres, no contra el Quinto Elemento.

Si aquello era la España eterna, esto fue la eterna historia de España: un país tan lleno de mediocres que se mofa de los vencidos (aunque no tengan dónde caerse muertos) y ejecuta a sus generales.

Loor y gloria a los corifeos de la eterna derecha nacionalista, rancia y carcomida. Por un momento, llegaron a recordar las montañas nevadas de su infancia. Gracias, Zidane, por habernos hecho recordar quiénes somos y en lo que no debemos volver a caer.

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