martes, 5 de septiembre de 2006

¿Y qué pasa si no me salen las palabras?

Nada. No pasa nada.
Somos humanos. Podemos equivocarnos. Podemos quedarnos sin argumentos. Podemos quedarnos en blanco. Podemos cambiar de opinión.
Un miedo recurrente de mis estudiantes es el de quedarse sin palabras y no saber qué hacer. Lógico. Todos lo tenemos siempre. Y es bueno tener ese miedo y otros cuantos más: a no convencer, a parecer demasiado banal, a no tener nada que ofrecer, a no ser capaz de decir exactamente lo que se está pensando...
Lo primero de todo, conviene tener en cuenta que, salvo en casos muy extremos, el auditorio se da cuenta de un vacío mental cuando uno se lo transmite al auditorio. No es un fácil retruécano. Es un hecho.
  • "¡Ay! ¡Ya me he perdido!"
  • "Es que no recuerdo lo que venía ahora"
  • "No, si ya sabía yo que no me iba a acordar"

¿Y qué? Si el vacío llega, siempre podemos hacer varias cosas:
  • Tomarnos una pausa, mirar a la gente sin miedo, observar en sus rostros lo que están pensando de nosotros, dirigir nuestra mirada a esa personal que desde el principio está haciéndonos señas de aprobación (siempre hay alguien, sólo hay que estar atento).
  • Darnos un descanso ordenando pausadamente y poco rato las cosas que tenemos frente a nosotros.
  • Beber un trago de agua.
  • Confesar: "la verdad, me he quedado sin palabras".
¿No nos acordamos de una aspirante a cantante que siempre se agobiaba porque se le olvidaba la letra de las canciones que tenía que interpretar? ¿La expulsaron de la Academia? Todo lo contrario: sus fallos la convirtieron en un ser humano a los ojos del público, y se ganó las simpatías de tal manera que ganó aquel concurso, apisonando a otras personas que cantaban mejor, bailaban mejor, tenían más gracia, y fallaban menos.
Tenemos que intentar no quedarnos en blanco pero, si ocurre, no nos dejemos llevar por el pánico. Convirtamos nuestro fallo en un elemento que nos permita conectar con el auditorio.

No se debe abusar del nosotros

Hace algún tiempo, tuve la oportunidad de asistir a la intervención de una persona de unos treinta y tantos años de edad que, como se dirigía a un público de veinte años, buscaba crear la sensación de colectividad con una curiosa cantinela. Una y otra vez, repetía: Nosotros, los jóvenes...
La primera vez, llamó la atención; la segunda, creó una sensación de extrañeza; a partir de la tercera, consiguió despegar al auditorio y alejarlo del orador. ¿Por qué?
El orador se siente joven e intenta transmitírselo al auditorio, pero el auditorio no lo considera dentro del mismo grupo, conque los esfuerzos del orador por integrarse chocan constantemente con la reticencia de cada uno de los miembros del grupo, que lo rechaza porque nota con demasiada claridad la voluntad de entrar en un territorio ajeno.

La intención podía ser buena, pero los resultados eran francamente decepcionantes. Habría sido más práctico, en este caso, marcar las distancias de edad y, ya que no era posible que los jóvenes lo consideraran joven, transmitir a los jóvenes que uno tiene memoria y que recuerda cuando se sentía como ellos. Utilizado con simpatía, produce un claro efecto de unión o, al menos, evita el rechazo.
¿A quién le hace gracia tener que tragarse en su propia casa a quien no ha sido invitado? Es preferible no esforzarse en ser parte del grupo, sino en que el grupo piense que puede compartir algo contigo.



No se debe abusar del nosotros
El auditorio agradece que el orador se moje, es decir, que exponga sus propias ideas y las comente con la colectividad. En el mismo instante en que el orador, arrastrado por la obsesión de un nosotros constante y omnipresente, enuncie algo que no sea compartido por todo el auditorio (o por una parte), pierde su condición de miembro del grupo, con lo que el nosotros se convierte en una herramienta retórica que se ve demasiado claramente.

Cuando la herramienta queda a la vista, pierde su eficacia.